Por qué es tan difícil cambiar

Muchas veces nos exigimos cambiar desde la acción o desde el pensamiento aquello que nos hace mal. Nos apuramos, nos forzamos. Nos esmeramos por hacer lo más rápido posible esos cambios que creemos necesarios.

 Y quizás justo ahí radica una de las grandes dificultades.

Cuando iniciamos un proceso de transformación suele ser porque algo en nuestro interior empieza a pedir —a veces a gritos— que algo se modifique. Y muchas veces, desde la lógica, incluso sabemos qué es.

En la actualidad estamos repletos de información sobre patrones vinculares, teorías del trauma, estilos de apego, diagnósticos, heridas emocionales y estereotipos de vidas ideales.

Entonces, ¿por qué sigue siendo tan difícil hacer que aquello que entendemos desde la razón se convierta en una realidad habitable?

 En el consultorio constantemente aparece la pregunta:

“Bueno, pero ¿cómo hago para cambiarlo? Dame herramientas.”

Y hay algo que creo que es común a casi todos los procesos de transformación: la paciencia.

Porque oportunidades de cambio tenemos todos los días. Incluso muchas veces sabemos qué es lo que “deberíamos” hacer frente a aquello que nos pasa. Y, sin embargo, no lo hacemos.

Aparecen las resistencias, las postergaciones, las distracciones. Volvemos a elegir lo conocido. Repetimos respuestas que sabemos que nos llevan a lugares de los que, paradójicamente, queremos salir.

Porque comprender un patrón no significa haber aprendido a vivir de otra manera.

Me gusta pensar esto a través de los conceptos de karma y dharma.

No desde la idea del karma como castigo, sino como aquello que se repite y nos confronta una y otra vez con algo que todavía necesita ser visto, comprendido o transformado. Un karma construido también desde nuestras historias, nuestras heridas, nuestros aprendizajes y las maneras que alguna vez encontramos para protegernos.

Quizás uno de los primeros grandes giros aparece cuando comprendemos que no podemos controlar todo lo que sucede, pero sí podemos trabajar sobre la manera en que nos posicionamos frente a ello.

Los acontecimientos son reales.Nuestras emociones son reales. Lo que nos afecta es real.

Pero la perspectiva desde la cual interpretamos lo que vivimos también habla de la manera en que nos vemos a nosotros mismos, a los demás y al mundo.

Y ahí aparece una posibilidad.

Porque esperar un resultado diferente mientras respondemos exactamente de la misma manera suele devolvernos, inevitablemente, a lugares conocidos.

Transformar una repetición implica empezar a descubrir que, entre aquello que sucede y nuestra reacción habitual, pueden existir otras opciones.

Y no siempre vamos a poder elegirlas.

A veces vamos a volver a reaccionar igual.
A veces vamos a darnos cuenta después.
A veces veremos perfectamente lo que estamos haciendo y, aun así, todavía no podremos hacerlo distinto.

Eso también es parte del proceso.

La frustración a menudo nos vuelve ciegos. Nos hace creer que si volvimos a repetir algo, no aprendimos nada. Pero quizás el aprendizaje no consiste en dejar de repetir de un día para el otro, sino en ir ampliando de a poco, nuestra capacidad de elegir.

Primero lo vemos después de que pasó. Después comenzamos a verlo mientras está pasando. Hasta que alguna vez podemos verlo antes y ensayar una respuesta diferente. Ahí la repetición empieza a perder fuerza.

Esto no es instantáneo. No ocurre de un día para el otro. Es justamente eso a lo que llamamos proceso.

Los procesos son espiralados: muchas veces volvemos a encontrarnos con escenarios, emociones o conflictos que se parecen a otros que creíamos haber superado. Pero volver a pasar por un lugar no significa necesariamente estar en el mismo punto.

A veces la vida nos lleva frente a una situación parecida para mostrarnos que hoy podemos pararnos frente a ella de otra manera.

Y quizás ahí podamos pensar el pasaje del karma al dharma.

La vida constantemente nos ofrece oportunidades para reeditar aquello que repetimos. No necesariamente cambiando lo que sucede, sino transformando nuestra manera de habitarlo.

Cada vez que logramos responder distinto, aparece una posibilidad nueva.

Y cuando esa nueva respuesta empieza a sostenerse en el tiempo, también empiezan a cambiar los caminos que podemos construir.

Quizás el dharma no sea llegar finalmente a una vida en la que nada vuelve a doler ni repetirse. Quizás sea poder encontrarnos frente a aquello que alguna vez nos gobernó y descubrir que, esta vez, tenemos más opciones para elegir qué hacer con ello.

Y es ahí donde empiezan a abrirse nuevas puertas, cada vez más alineadas con la vida que queremos construir.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Powered by Joinchat