Por qué nos cuesta comunicar lo que sentimos en un vínculo

Cuando pregunté en Instagram cuál creían que era el mayor problema de los vínculos actuales, aparecieron respuestas como:

“El mayor problema de los vínculos hoy es la dificultad para comunicarse con honestidad y conectar emocionalmente por miedo a salir lastimados”.

“La comunicación y la escucha para ir un poquito más a fondo”.

“Los miedos y las inseguridades”.

“La falta de empatía”.

“Coincidir en valores y estar en la misma”.

“No reconocer o invalidar lo que siente el otro con la excusa de ‘soy así y me tienen que querer así’”.

A partir de estas respuestas, me interesa reflexionar sobre por qué nos resulta tan difícil entendernos. ¿Por qué nos cuesta abrirnos emocionalmente y comunicarnos sin tantos escudos y defensas? ¿Por qué, cuando el otro habla, buscamos interpretar o resolver rápidamente, en lugar de intentar comprender lo que siente y piensa?

¿Cómo intervienen nuestros miedos y nuestras inseguridades al momento de expresar lo que sentimos? ¿Somos poco empáticos o nos hemos desacostumbrado a tolerar la incomodidad de encontrarnos con una perspectiva distinta de la propia?

Para pensar estas preguntas, quiero tomar como punto de partida el modelo comunicacional desarrollado por Shannon y Weaver entre 1948 y 1949, posteriormente ampliado desde la lingüística por Roman Jakobson en 1960, y ponerlo en diálogo con la concepción lacaniana del lenguaje y el malentendido, especialmente presente en el último período de la enseñanza de Lacan.

No es mi intención volverme excesivamente teórica y aburrirlos, ni complejizar tanto la explicación que termine sin entenderse. Eso sería bastante paradójico en un texto sobre comunicación.

¿Qué sucede cuando intentamos comunicarnos?

En el esquema clásico de la comunicación, una persona —el emisor— codifica un mensaje: intenta poner en palabras aquello que siente, piensa o necesita. Ese mensaje se transmite mediante un canal hacia un receptor, que lo recibe y lo interpreta.

En el modelo original de Shannon y Weaver, el canal es el medio por el cual circula el mensaje. Puede ser una conversación cara a cara, una llamada, un audio o un mensaje de WhatsApp. Jakobson amplía esta dimensión mediante la idea de contacto: no alcanza con que exista un medio físico; también tiene que haber una conexión que permita establecer y sostener la comunicación.

Esto nos permite pensar que el canal de un vínculo no se reduce a si hablamos personalmente o por teléfono. También importa la disponibilidad emocional de quienes participan, el momento elegido, el entorno y el estado en el que se encuentra la relación.

No es lo mismo intentar hablar mientras el otro está apurado que hacerlo cuando tiene tiempo para escuchar. No es igual conversar después de una pelea que en un momento de cercanía. Tampoco es lo mismo comunicar algo sensible por WhatsApp, donde no contamos con el tono, la mirada y los gestos, que hacerlo cara a cara.

En este recorrido pueden producirse los malentendidos que forman parte de la complejidad existente entre lo que una persona quiere decir y lo que la otra finalmente escucha.

Además, si sentimos inseguridad o temor de mostrar nuestro mundo interno, podemos intentar volver el mensaje más “aceptable”. Lo suavizamos, lo ocultamos detrás de una ironía, esperamos que el otro lo deduzca o decimos algo diferente de aquello que verdaderamente necesitamos comunicar.

El mensaje comienza, entonces, a alejarse de la experiencia que intentaba representar.

Por eso, el problema de la comunicación no siempre se encuentra únicamente en lo que decimos, sino también en suponer que el otro recibirá exactamente aquello que quisimos transmitir.

“Yo dije una cosa y vos entendiste otra”

Muchas veces creemos que comunicarnos consiste simplemente en decir lo que pensamos:

“Pero si yo fui clarísima/o”.

“Eso no fue lo que quise decir”.

“¿Cómo pudiste interpretar eso?”.

“Yo pensé que se entendía”.

Quizás el problema comience justamente ahí: en creer que aquello que decimos llega al otro exactamente de la misma manera en que salió de nosotros.

Desde una perspectiva lacaniana, podemos pensar que existe un malentendido fundamental en el lenguaje. No porque necesariamente nos comuniquemos mal, sino porque las palabras nunca consiguen transmitir de manera absoluta aquello que queremos decir.

Entre lo que siento, lo que pienso, lo que intento decir, lo que efectivamente digo y lo que el otro escucha siempre existe una distancia.

Antes de hablar, necesitamos traducir nuestra experiencia interna en palabras. Pero las formas que encontramos para realizar esa traducción están relacionadas con nuestra historia, con nuestras experiencias anteriores y con el lugar que tuvieron nuestras emociones en los primeros vínculos.

¿Fuimos escuchados cuando intentábamos contar lo que nos pasaba? ¿Nuestras emociones encontraron un espacio donde ser alojadas? ¿Aprendimos a reconocerlas y expresarlas o entendimos que debíamos guardar la mayor cantidad posible de aquello que sentíamos?

Cuando una persona aprende a contener sistemáticamente lo que le sucede, es posible que termine comunicándose desde la saturación. Ya no habla desde la calma, sino desde una acumulación emocional que puede expresarse mediante impulsividad, reclamos o explosiones.

El estado emocional también influye en nuestra capacidad para comprender lo que queremos decir. Por ejemplo, una persona que atraviesa un período de mucho estrés puede creer que está siendo clara cuando, en realidad, todavía le cuesta descifrar su propio mundo interno. De allí pueden surgir contradicciones que no necesariamente responden a una intención de confundir al otro.

Escuchamos desde nuestra propia historia

Del otro lado se encuentra el receptor. Pero el receptor no recibe nuestras palabras de una manera neutral.

Escucha atravesado por su historia, sus experiencias, sus miedos, sus expectativas, sus heridas, sus deseos y la representación que construyó de nosotros.

Una misma frase puede tener sentidos completamente diferentes para dos personas.

Quien escucha puede intentar comprender lo que el otro siente o puede defenderse inmediatamente de aquello que cree que el mensaje significa. Su reacción estará condicionada por su historia, por los recursos emocionales que haya construido, por su mayor o menor comodidad para hablar de emociones y por el momento interno que esté atravesando.

No recibimos de la misma manera un mensaje cuando estamos tranquilos que cuando estamos enojados.

No interpretamos igual un silencio cuando nos sentimos seguros que cuando tenemos miedo de perder al otro.

No escuchamos igual una crítica cuando confiamos en quien tenemos enfrente que cuando venimos acumulando resentimiento.

No leemos de la misma manera un “está todo bien” después de una discusión que en cualquier otro contexto.

Las palabras pueden ser las mismas, pero el significado que adquieren cambia según el momento emocional, el entorno y el estado del vínculo.

La comunicación no consiste en eliminar el malentendido

Pretender eliminar completamente el malentendido sería imposible. Sin embargo, podemos hacer algo mucho más interesante: dejar de dar por sentado lo que entendimos.

Podemos preguntar:

“¿Qué entendiste de lo que te dije?”.

Podemos aclarar:

“No quería decir eso. Lo que intentaba transmitirte era…”.

Y también podemos revisar nuestra propia interpretación:

“Cuando me dijiste eso, yo entendí esto. ¿Era lo que querías decir o es lo que yo temí que significara?”.

Frases como “era obvio”, “ya deberías saberlo”, “entendiste cualquier cosa” o “si me conocieras, sabrías lo que necesito” parten de la fantasía de que el otro puede acceder directamente a nuestra experiencia interna.

Pero el otro no puede adivinar aquello que no logramos comunicar. E incluso cuando conseguimos decirlo, puede necesitar preguntas, aclaraciones y tiempo para construir con nosotros un significado compartido.

Comunicarnos mejor no significa encontrar palabras perfectas. Significa reconocer que entre mi mundo interno y el tuyo siempre existirá una distancia, y construir herramientas para encontrarnos en ella.

Podemos responsabilizarnos por intentar ser claros, elegir un canal adecuado y verificar cómo fue recibido nuestro mensaje. Lo que no podemos es controlar completamente la interpretación del otro.

Quizás una comunicación saludable no sea aquella en la que nunca existen malentendidos, sino aquella en la que el vínculo permite volver sobre lo dicho.

Una comunicación en la que podamos preguntarnos:

¿Qué entendiste de lo que te dije?

¿Qué significado tuvo para vos?

¿Era un buen momento para hablarlo?

¿Este canal alcanza para conversar sobre algo tan sensible?

¿Lo que escuché es lo que quisiste decir o es lo que temí que significara?

La comunicación se vuelve más humana cuando dejamos de pensarla como la obligación de entendernos inmediatamente y comenzamos a verla como la posibilidad de construir comprensión juntos.

Porque vincularnos no es eliminar toda distancia entre dos personas. Es crear un espacio lo suficientemente seguro para preguntar, aclarar, reparar y volver a encontrarnos cada vez que las palabras no alcanzan.

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